9 pasos para una disciplina amorosa antirabietas que cambiará tu vida y la de tus hijos

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Elia Tabuenca García
@eliatabuencagarcia
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La disciplina como enseñanza amorosa y respetuosa: 9 pasos para gestionar y transformar los "caprichos" y excesos infantiles.

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Seamos realistas: al pensar en los caprichos (de los niños pero no solo, en verdad) uno de los primeros pensamientos que suelen venir a la mente es que se necesitaría más disciplina. De hecho, es.





Antes de que alguien pueda sentir un picor en la nariz y torcerlo, es mejor, sin embargo, ponerse de acuerdo sobre el significado que debe atribuirse al término: disciplina deriva del latín discipŭlus "discípulo" y, por lo tanto, se refiere al acto de enseñar con claridad y sabiduría, amorosamente, como cualquier verdadero maestro puede hacerlo. ¿Pero para nosotros los adultos y “cualquiera” de los padres?

La buena noticia es que llevar a la práctica este tipo de “presencias” con los niños no es difícil, basta con atesorar los descubrimientos ya realizados por la neurociencia desde hace tiempo, recogidos y contados por Sello de Daniel, neuropsiquiatra, e Tina Payne Bryson, psicoterapeuta del desarrollo y consultora de padres, en el libro "12 estrategias revolucionarias para favorecer el desarrollo mental del niño”Editado por Raffaello Cortina.

En los niños, el hemisferio derecho del cerebro y la emotividad que lo distingue tienden a prevalecer sobre la lógica y la racionalidad del hemisferio izquierdo; por lo tanto, es importante saber usar sus "expresiones" y "caprichos" como una oportunidad para lograr una nueva integración entre las diferentes partes del cerebro, una oportunidad para aprender a considerar los sentimientos de los demás y desarrollar habilidades a largo plazo. El timón que guíe las elecciones debe ser el amor: y si hubiera dudas sobre la eficacia de un enfoque tan "disciplinario", los estudios las disiparán de inmediato.

De hecho, los niños que obtienen mejores resultados en la vida -desde el punto de vista afectivo, relacional y conductual- tienen padres que, siendo consecuentes con las indicaciones y enseñanzas proporcionadas, interactúan con ellos de manera incluso en los "excesos". de sus hijos que comunica amor, respeto y compasión.

Los resultados, como leemos en el libro, son claros: los niños son más felices, les va mejor en la escuela, se meten menos en problemas y son capaces de tejer relaciones más significativas.



Así que aquí están los 9 pasos para una disciplina amorosa contra los caprichos y los excesos.

índice

1) Haz la conexión

No, no se trata de internet o del celular que no se lleva sino -más bien- de restablecer un contacto profundo y auténtico con el niño y lo que le está pasando. Si llora o grita, claramente no podrá escuchar lo que le estás diciendo: no puede porque está abrumado por las emociones (para los adultos casi siempre es lo mismo). El camino es sintonizar con sus sentimientos, demostrar comprensión y cercanía: esto ayuda a que el niño pase de un comportamiento basado en la reactividad a uno, en cambio, más receptivo que le permita conjugar emociones y pensamientos.

Específicamente, es: transmitir seguridad y serenidad (si el niño llora y el adulto grita, el ambiente se vuelve más tenso para todos; si el niño grita y el padre le habla en un tono suave y no amenazante, se crea un espacio para nuevas posibilidades); reconocer abiertamente la importancia de los sentimientos del niño (así como la posible inadecuación de su comportamiento); escuche lo que siente el niño, ayúdelo a expresar su experiencia; Refleje sus palabras (reformule lo que dijo, para mostrar que entendió profundamente) y luego invítelo a reflexionar. Ni que decir tiene que para "frenar" un capricho o una intemperancia del niño, hay que estar en un estado de ánimo tranquilo, no alterado por su comportamiento.

2) Imprescindible, de pocas palabras

Una vez que se ha encontrado la "conexión", es importante abordar el problema que subyace al "capricho", señalar el comportamiento correcto y así sucesivamente pero sin manchar. Sin repetir mil veces lo mismo, sin sermones que decaigan la atención obtenida.


3) Aceptar las emociones

Todos los sentimientos están permitidos -y por lo tanto, aparentemente sensatos o no, pueden expresarse- pero no cualquier comportamiento. Así que el mensaje correcto debería ser: "Puedes escuchar todo lo que escuchas, pero no siempre puedes hacer lo que quieras".


4) Describe los hechos, no sermonees

Los niños generalmente saben si lo están haciendo bien o no. En lugar de "predicar", informar directamente sobre los hechos facilita la "conexión" mutua y la escucha y le permite enfatizar de manera más efectiva, y a menudo solo implícitamente, la enseñanza o el comportamiento apropiado.

5) Involucrar al niño en la disciplina

Una actitud punitiva y autoritaria -además de probablemente prohibir una determinada conducta, pero sólo a corto plazo- transmite al niño sobre todo la conciencia de que el más fuerte dicta las reglas: no es precisamente el mejor. Es la "disciplina" arcaica e incapaz que necesita el palo porque es débil en contenido. Lo que se necesita es un diálogo.

Una vez que se ha hecho la conexión y el niño está receptivo, se puede comenzar a hablar: primero hacia la intuición ("Sé que conoces la regla, así que me pregunto qué te está pasando que te llevó a esto") y luego hacia la empatía y la reparación integradora ("¿Qué crees que fue para ella y cómo pudiste hacer las cosas bien?").

La conversación se convierte así en un instrumento de conocimiento, reflexión, encuentro, regulación emocional y refuerzo del aprendizaje.

6) Transformar un "no" incondicional en un "sí" siguiendo reglas

Hay conductas que no son negociables, no hay duda: algunos "no" solo pueden seguir siendo tales, sin peros. En la mayoría de los casos, sin embargo, hay que tener en cuenta que un verdadero "no" puede ser mucho más difícil de aceptar -y no sólo para los más pequeños- que un sí que pone condiciones. Además, la prohibición, si se expresa en un tono severo y despectivo, puede activar un estado reactivo. Por el contrario, una afirmación positiva, aun cuando no permita una conducta, activa el circuito de implicación social: el cerebro se vuelve más receptivo, se facilita la conexión con otras personas y también se facilita el aprendizaje.

7) Subraya y pide lo que quieres (no lo que no quieres)

"Pon todos los juguetes esparcidos en tu dormitorio en la canasta" es mucho mejor que "Siempre estás desordenado, tu habitación parece un campo de batalla después de una explosión". En definitiva, es mejor decir qué hacer, hablar de forma positiva y constructiva, que repetir lo que no quieres ver, lo que no debes hacer. Y es importante valorar siempre el comportamiento correcto; también porque, con razón, “si cada vez que abres la boca solo te sale una crítica, ¿qué sentimientos crees que te asocian instintivamente?”.

8) Sal de la reacción, elige una acción divertida

Cada situación también puede ser respondida con una sonrisa, o jugando, o creativamente, volcando así completamente el escenario y reduciendo la resistencia del niño. Por ejemplo: en lugar de discutir con el niño por no querer subirse al auto, uno puede convertirse en un monstruo aterrador que lo persigue hasta que encuentra refugio en un lugar seguro. Esto permite superar-desactivar el "capricho-conflicto" evocando simpatía, produciendo una comunicación afinada que es efectiva para el niño y también capaz de armonizar cualquier decepción o emoción del adulto. ¡Aprendamos a "romper" con diversión!

9) Ayuda a reconocer sus emociones

Siegel y Bryson enfatizan la importancia de ayudar a los niños a observar sus emociones. Experimentarlos es importante pero también notarlos, reconocerlos, darles un nombre, observarlos por cómo se mueven dentro de ellos. En definitiva, se trata de acompañarles por un camino de conciencia emocional que permitirá también una mejor gestión de los estados de ánimo: “queremos que nuestros hijos no solo sientan sus sentimientos y perciban sus sensaciones sino que sean capaces de notar cómo se sienten. su cuerpo, para poder testimoniar sus emociones”.

Por cierto, los padres perfectos no existen (ni, después de todo, los necesitamos). El punto es, más bien, cómo uno maneja los errores frente a los niños: observando, los niños pueden experimentar que “cuando hay conflicto, puede haber reparación, y las cosas vuelven a estar bien. Esto les ayuda a sentirse seguros y no tan asustados en futuras relaciones; aprenden a confiar, e incluso a esperar, que la calma y la conexión sigan al conflicto. Además, aprenden que sus acciones influyen en las emociones y el comportamiento de otras personas”.

Como dicen: de los diamantes nada sale, del estiércol (bien trabajado) nacen las flores.

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Ana María Cebrelli

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